Por Clara, Beka y Patricia.
Con el impulso político que supone conmemorar el 8 de marzo, una fecha de lucha, sororidad y conmemoración, en CNT Santander organizamos unas jornadas de cultura feminista que se extenderán hasta el 17 de abril, con un visionado a comuña —en común y a la vez… como se hacen los trabajos de cuidado del (pro)común en los pueblos— de la serie Querer, dirigida por Alauda Ruiz de Azúa.
Este sendero de cultura feminista arrancaba el viernes 6 de marzo con un club de lectura que nos reunió para comentar los dos primeros capítulos del libro de June Fernández 10 ingobernables, Historias de transgresión y rebeldía, de la editorial Libros del KO. El club suscitó mucho interés: había ganas de crónicas periodísticas feministas, algo que se hizo palpable en la acogida.
El libro reúne las historias de vida de diez mujeres valientes, a las que une su decidida disponibilidad para «complicarse la vida», sin miedo a luchar porque su vida y la de quienes las rodean sea plena. Saben convertir las dificultades que viven y sus violencias asociadas en propuestas, rebeldía, lucha, amor, placer y militancia. Y este es, precisamente, el hilo conductor de todas las historias, en las que también se entremezclan sus contextos y, por supuesto, otras mujeres que las han acompañado en sus vivencias.
La primera de estas herstories, dedicada a Irina, «El disfraz del Che», muestra la gran capacidad de la autora para relatar el contexto de las guerrillas latinoamericanas. Comentamos las citas que cada une escogió, entre ellas el taxativo «si traicionaste a tu género, puedes traicionar al proyecto» que un destacado dirigente le espetó a la protagonista, que nos sirvió para reflexionar sobre el machismo y la transfobia en las izquierdas, además de los matices del concepto de «traidor/a».
El concepto «machismo-leninismo», usado por Fernández y que tiene su origen en intelectuales y escritoras cubanas para denunciar cómo el régimen castrista ha utilizado la Revolución para afirmar que la mujer ya fue «liberada», silenciando así las denuncias sobre violencia de género o desigualdad, resulta no ser tan ajeno en espacios libertarios. Y del machismo y la revolución transitamos a la cuestión de la idealización de la violencia o cómo las personas que realmente tienen que vivir la lucha armada y jugarse la vida no romantizan tanto un estar con la muerte cara a cara que a quienes aún no lo han vivido puede resultar seductor.
El hecho de que la protagonista recordase a una enfermera que la ayudó en su juventud nos sirvió para reflexionar sobre el apoyo entre mujeres que emerge en circunstancias difíciles, vinculado a aquello que Carol Gilligan denominó “ética del cuidado”, caracterizada por la relacionalidad y la responsabilidad situada, centrada en lo concreto y singular, en contraste con la “ética de la justicia” formulada por Lawrence Kohlberg, orientada a normas abstractas y universales y que privilegia la imparcialidad y que es propia de esa falsa universalidad del varón, blanco, occidental, propietario.
La vida de Irina nos hace pensar en el cambio interno, en la lucha como algo que va de dentro hacia afuera. Con una vida intensa, esta ingobernable se tuvo que enfrentar desde muy joven a una discapacidad al tiempo que se encontraba consigo misma. Desde este devenir mariposa de la oruga interpela el texto, escrito con tanto cariño como interés por remover nuestros propios prejuicios.
La relación de Irina con su pareja, Nélida, y su capacidad para compartir desde el compañerismo amoroso momentos clave como transición de la protagonista, muestra un amor más fuerte que cualquier discusión o perplejidad transitoria. Juntas es más fácil afrontar un machismo que se vuelve devorador en el momento que eres mujer y comienzas a experimentar en carnes propias la presión patriarcal cotidiana, pues pasas de ser un hombre de alto valor con todas las facilidades y oportunidades del mundo a ser un “traidor a tu género”.
El segundo capítulo está dedicado a Antar, un joven trans que revindica la equivocación, la duda, la posibilidad de error. «La necesidad de coherencia es traicionera”, reconoce, “a veces ha cavado en mi memoria para recolectar recuerdos tempranos que dieran empaque a un relato biográfico al uso», lo cual nos llevó a reflexiones sobre la identidad y su realidad cambiante. De nuevo apareció el concepto de «traición» y la necesidad de controlar todo el proceso de liberación. Antar es consciente de sus privilegios y cuestiona su propia manera de trabajar como profe en la Universidad. El hombre que quiere ser está muy basado en referentes que le aportan sus amigas feministas, muchas de ellas lesbianas. Su historia nos muestra no solo el machismo que sufren las mujeres en todos sus ámbitos, sino la incomprensión que soportan las personas trans, incluso dentro de las redes de apoyo feminista, cuando es una mujer la que transiciona a hombre, pues se la aísla, se la juzga y se la teme por pasarse al bando “contrario”: de nuevo la figura del “traidor” de género en un binarismo que exige absoluta sumisión a sus performativos roles. Queda mucho camino que batallar hacia el respeto a todas las identidades.
Acabamos el club compartiendo comida y charla y nos fuimos con la sensación de que no hay nada como escucharse y encontrarse, como encontrar vidas tan inspiradoras y tan bien contadas.
