La jornada laboral de 30 horas como elemento de lucha de clases

Una de nuestras reivindicaciones de huelga general es la reducción de la jornada laboral a 30 horas semanales. Os dejamos con este artículo de opinión de nuestro compañero Luis sobre esta reividicación:

«CONTEXTO

La duración de la jornada laboral ha sido una de las reivindicaciones históricas del movimiento obrero. No obstante, a pesar de los enormes avances tecnológicos y productivos, en los últimos 100 años, la jornada laboral se ha mantenido prácticamente igual. Ya en el año 1919 la huelga de La Canadiense terminó con la conquista de las ocho horas de trabajo diarias. Tras décadas de dictadura franquista y de brutal represión del movimiento obrero, en 1983 se estableció por ley la jornada laboral de 40 horas semanales, que sigue vigente a día de hoy.

Hoy necesitamos recuperar esa fuerza y capacidad de organización de la clase trabajadora de aquella época para volver a conquistar una reducción real y significativa de la jornada laboral. Si la productividad y la tecnología han avanzado tanto, esos avances deben servir para que tengamos más tiempo para vivir y no para seguir aumentando los beneficios de unos pocos capitalistas.

SITUACIÓN ACTUAL

En los últimos años, la reducción de la jornada laboral ha sido una de las principales promesas del Gobierno del PSOE y Sumar. La propuesta inicial de avanzar hacia las 35 horas semanales acabó concretándose en una reducción de la jornada máxima legal a 37,5 horas, sin reducción salarial. El Gobierno llegó a un acuerdo con los sindicatos mayoritarios, pero no consiguió el apoyo de la patronal. Finalmente, la propuesta llegó al Congreso y, en septiembre de 2025, PP, Vox, Junts y UPN votaron en contra, bloqueando la medida.

La patronal y los partidos que rechazaron la propuesta argumentaron que reducir la jornada sin rebajar los salarios aumentaría los costes empresariales, dificultaría la contratación y perjudicaría la competitividad. También defendieron que limitaría la capacidad de las empresas para organizar los horarios según sus necesidades. De este modo, presentaron la reducción de jornada como una amenaza para sus inmensos beneficios privados, anteponiendo la rentabilidad del capital al derecho de la clase trabajadora a disponer de más tiempo para vivir.

Si analizamos cómo ha evolucionado la producción, cabe preguntarse por qué, después de décadas de enormes avances tecnológicos y de productividad, seguimos considerando prácticamente intocable una jornada máxima legal de 40 horas semanales. Hace un siglo una parte enorme del trabajo era manual y requería muchas más horas para producir lo mismo que hoy. La mecanización, la automatización, la informática y todos los avances tecnológicos posteriores han multiplicado nuestra capacidad para producir bienes y servicios.

Esto nos lleva a una cuestión fundamental: ¿por qué debe decidir el capital cuánto tiempo de nuestras vidas dedicamos al trabajo? Que los empresarios sean propietarios de los medios de producción no significa que tengan derecho a decidir sobre el tiempo de trabajo ni les concede un derecho natural a decidir cuánto y cómo debe producir la sociedad.

El salario ya constituye una relación de poder en la que quien posee el capital compra nuestra fuerza de trabajo durante un determinado tiempo; pero eso no les da derecho a decidir unilateralmente cuánto debe ser ese tiempo. La duración de la jornada laboral no es una cuestión puramente económica, sino también política, porque afecta directamente a nuestras vidas y a nuestro tiempo libre.

Si los avances tecnológicos nos permiten producir más en menos tiempo, ese progreso debería traducirse también en más tiempo libre y una mejor calidad de vida, en lugar de servir únicamente para aumentar la producción y los beneficios de unos pocos. De hecho, una economía basada en la cooperación y en una planificación racional de los recursos podría aprovechar mejor nuestra capacidad de producir que un sistema en el que empresas y trabajadores tienen que competir constantemente entre sí para sobrevivir. Así, la reducción de jornada dejaría de verse como un coste o una amenaza para la competitividad y pasaría a entenderse como lo que debería ser: una conquista social derivada del propio progreso productivo, que permite que una parte cada vez mayor de la riqueza social se traduzca en tiempo de vida para la clase trabajadora.

Por todo esto, entendemos que, aunque pasar de 40 a 37,5 horas pueda ser una mejora, no puede ser el objetivo de nuestra lucha. Nuestra lucha tiene que ir mucho más allá. Una reducción tan pequeña difícilmente cambiará de forma significativa nuestras condiciones de vida. Además, existe el riesgo de que sus efectos se vean contrarrestados por la subida del coste de vida, el aumento del ritmo de trabajo o unas mayores exigencias de productividad.

Además, ni siquiera se aprobaron las 37,5 horas, dejándonos claro que no podemos esperar que los gobiernos, los sindicatos mayoritarios ni sus negociaciones con la patronal nos concedan una reducción real de la jornada. Esto demuestra que la lucha por la reducción de la jornada laboral se tiene que hacer desde abajo, por la propia clase trabajadora.

¿CUÁNTO TRABAJO ES REALMENTE NECESARIO?

Por otro lado, debemos preguntarnos ¿cuánto trabajo socialmente necesario podríamos realizar si una parte del trabajo que hoy se dedica a competir, vender, especular o generar beneficios privados pudiera dedicarse directamente a satisfacer las necesidades de la sociedad.

No se trata de culpar a las trabajadoras que desempeñan estos empleos, sino de cuestionar un sistema que genera puestos de trabajo en función de la competencia y del beneficio privado, y no siempre de las necesidades sociales. Esto se ve, por ejemplo, en la publicidad que busca que una empresa venda más que otra, en la duplicación de departamentos que realizan tareas similares en distintas empresas, en tareas administrativas que surgen de la propia burocracia de las empresas y del funcionamiento del mercado, en ciertas actividades especulativas o en la fabricación de productos poco duraderos para fomentar su sustitución. También ocurre con las largas cadenas de intermediarios que encarecen los productos.

¿Cuánto de todo ese trabajo responde realmente a una necesidad humana y cuánto responde a la necesidad de que las empresas compitan entre sí y obtengan beneficios?

Una producción coordinada en función de las necesidades permitiría preguntarnos qué recursos necesitamos realmente y destinarlos allí donde sean más útiles: vivienda, alimentación, ropa, sanidad, educación, cuidados, transporte, energía, infraestructuras, investigación, cultura y todas aquellas actividades necesarias para garantizar una vida digna y el desarrollo de la sociedad.

Y aquí aparece también otra de las contradicciones más absurdas de nuestro sistema. Tenemos, simultáneamente, personas trabajando jornadas interminables y personas que quieren trabajar y no encuentran empleo. Tenemos trabajadoras agotadas porque faltan manos en sectores esenciales y, al mismo tiempo, millones de personas excluidas del empleo porque su trabajo no resulta suficientemente rentable para el capital.

El problema no es que falte trabajo socialmente necesario, sino que el acceso al empleo depende de que resulte rentable para el capital. Si organizáramos el trabajo para cubrir las necesidades de la sociedad, podríamos repartirlo mejor entre toda la población. En lugar de que unas personas trabajen jornadas interminables mientras otras no encuentran empleo, podríamos trabajar menos todas y dedicar nuestros esfuerzos a producir lo que realmente necesitamos.

PRODUCIR PARA VIVIR, NO PARA EL BENEFICIO PRIVADO

También debemos cuestionar qué producimos y para qué producimos. El objetivo de la producción no debería ser fabricar cualquier cosa que pueda venderse, crear artificialmente nuevas necesidades, con el único objetivo de aumentar el beneficio privado. No queremos producir por producir. Queremos producir lo necesario y útil para el desarrollo y el progreso de la sociedad.

No tiene sentido organizar la producción para generar constantemente excedentes de productos que no necesitamos mientras millones de personas carecen de aquello que sí necesitan. Tampoco tiene sentido producir bienes poco duraderos para obligarnos a sustituirlos continuamente, desperdiciando recursos, tiempo y trabajo. Y mucho menos tiene sentido dedicar una parte enorme de nuestra capacidad productiva a producir bienes de lujo destinados al consumo y ostentación de una minoría, mientras siguen existiendo necesidades básicas sin cubrir.

Queremos una producción orientada a las necesidades sociales: suficiente para garantizar una vida digna para todas, sostenible en el uso de los recursos y organizada para evitar el desperdicio de trabajo humano. No se trata de producir más, sino producir mejor y aquello que necesitamos.

LA TECNOLOGÍA Y LA IA AL SERVICIO DE QUIENES TRABAJAMOS

Y lo mismo ocurre con la tecnología. La inteligencia artificial, la automatización y los avances tecnológicos deberían servir para liberarnos del trabajo necesario, no para aumentar los beneficios de quienes poseen las empresas y dejar a una parte de la población sin empleo mientras el resto continúa trabajando las mismas horas.

Si una máquina, un programa o una IA permite realizar en diez minutos un trabajo que antes requería una hora, ¿por qué la consecuencia tiene que ser que algunas personas sean despedidas mientras las demás siguen trabajando ocho horas? ¿Por qué no puede traducirse ese avance en una reducción de la jornada para todas?

La IA no ha aparecido de la nada. Es el resultado de décadas y siglos de conocimiento acumulado, de investigación científica, del trabajo de ingenieras, programadoras, investigadoras, trabajadoras de las infraestructuras, de la industria, de la educación y de todos los sectores que hacen posible que estas tecnologías existan. El conocimiento que permite desarrollar la tecnología es fruto de un esfuerzo social colectivo.

Entonces, ¿por qué sus beneficios deberían pertenecer exclusivamente a quienes poseen las empresas que la explotan?

Queremos poner la tecnología al servicio de quienes trabajan. Queremos que cada avance que permita producir más en menos tiempo se traduzca en menos tiempo de trabajo, mejores condiciones de vida y más tiempo libre.

El objetivo debería ser, por tanto, cada vez más sencillo: producir lo necesario, distribuirlo entre todas y reducir progresivamente la cantidad de trabajo que necesitamos para vivir.

Porque si somos capaces de producir más con menos trabajo, no queremos producir infinitamente más. Queremos trabajar menos. Queremos trabajar todas. Queremos producir lo necesario. Y queremos redistribuir todo.

REIVINDICACIÓN

Llegados a este punto, nuestra postura es clara:

Jornada semanal de 30 horas, sin reducción de salario.

Esta es nuestra reivindicación: 30 horas semanales como jornada máxima. Queremos que la reducción de la jornada sirva para algo tan sencillo como tener tiempo para vivir. Para poder descansar, estar con nuestras familias y amistades, disfrutar de las cosas que nos gustan, desarrollar nuestras pasiones y dedicar tiempo a aquello que nos hace felices, en lugar de pasar la mayor parte de nuestra vida trabajando y preocupadas por llegar a fin de mes. Ya bastante nos obliga este sistema a vender nuestra fuerza de trabajo para poder sobrevivir, mientras los frutos de nuestro esfuerzo y de nuestro sudor se transforman en inmensos beneficios para quienes poseen el capital.

EL MOMENTO ES AHORA

La lucha por la vivienda está empezando a movilizar a una parte importante de la clase trabajadora. Cada vez más personas son conscientes de que resulta insostenible destinar una parte enorme de su salario a pagar un alquiler, mientras los precios no dejan de subir y el acceso a una vivienda digna se convierte en un privilegio. Sin embargo, esta lucha no ha conseguido todavía implicar a toda la clase trabajadora. Hay quienes no creen que las movilizaciones puedan cambiar sus condiciones de vida. Es aquí donde la lucha por la reducción de la jornada laboral puede desempeñar un papel fundamental.

La reducción de la jornada laboral es una reivindicación capaz de atravesar generaciones y unir a sectores de la clase trabajadora que hasta ahora no han participado en las mismas luchas. Todo el mundo necesita tiempo para vivir, descansar, cuidar y relacionarse, independientemente de su edad, de si tiene una vivienda en propiedad o de su situación laboral. Una reducción de jornada a 30 horas semanales sin reducción salarial supondría una mejora sustancial de nuestras condiciones de vida y podría convertirse en una reivindicación compartida por una parte mucho más amplia de la clase trabajadora.

Pero, además, ambas luchas están profundamente relacionadas. Pasamos jornadas interminables trabajando para el capital y, después, tenemos que destinar buena parte de lo que ganamos a pagar una vivienda cuyo precio fijan quienes obtienen beneficios de nuestra propia necesidad de tener un techo. Trabajamos para poder vivir, pero cada vez necesitamos trabajar más para poder permitirnos vivir. Así, el capital ejerce una doble presión sobre nuestras vidas: se apropia de nuestro tiempo mediante el trabajo asalariado y de una parte creciente de nuestro salario mediante el alquiler. ¿De qué sirve aumentar la productividad si seguimos sin tener tiempo para vivir y apenas podemos permitirnos pagar una vivienda?

Por eso, la lucha por la vivienda y la reducción de la jornada laboral podrían convertirse en dos frentes de una misma lucha. Por un lado, una jornada de 30 horas semanales sin reducción salarial permitiría recuperar una parte importante de nuestro tiempo sin perder poder adquisitivo. Por otro, acabar con los precios abusivos del alquiler, regular los precios para garantizar el acceso a la vivienda, frenar la especulación inmobiliaria y ampliar el acceso a una vivienda digna permitiría que nuestros salarios no acabasen absorbidos por los rentistas. Ambas conquistas mejorarían directamente nuestras condiciones materiales de vida y demostrarían que la organización colectiva puede conseguir resultados concretos.

El momento es ahora porque cada vez somos más quienes sufrimos las consecuencias de una economía que concentra la riqueza en manos de unos pocos mientras empeoran nuestras condiciones de vida. Necesitamos reivindicaciones concretas por las que merezca la pena luchar, objetivos que la gente sienta como propios y que permitan recuperar la confianza en nuestra capacidad para cambiar las cosas. Las conquistas sociales no son únicamente mejoras materiales: también pueden servir para que más personas comprendan que muchos de sus problemas no son individuales, sino consecuencia de unas relaciones económicas basadas en la explotación y la desigualdad.

Sin embargo, esta lucha no puede depender de que los gobiernos decidan concedernos aquello que necesitamos, ni de unos sindicatos mayoritarios cada vez más alejados de la movilización en los centros de trabajo y demasiado vinculados a las instituciones y a los partidos políticos. La experiencia de la reducción de jornada ha demostrado los límites de confiar en sus negociaciones con la patronal. Si ni siquiera se han conseguido aprobar las 37,5 horas, no podemos depositar nuestras esperanzas en que sean esas mismas instituciones quienes impulsen una transformación más profunda.

La lucha tiene que nacer desde abajo, de la propia clase trabajadora, como está sucediendo con la vivienda.

La huelga general del 11 de noviembre podría ser una herramienta para unir estas reivindicaciones y convertirlas en una fuerza capaz de enfrentarse a los intereses del capital. Una huelga que no se limite a reclamar cambios legislativos, sino que plantee objetivos concretos: una jornada laboral de 30 horas semanales sin reducción salarial, medidas efectivas contra los alquileres abusivos, contra los desahucios, límites a la especulación inmobiliaria y garantías reales para que todo el mundo pueda acceder a una vivienda digna. Una lucha que no separe el tiempo que nos arrebata el trabajo del dinero que nos arrebata el alquiler, porque ambos forman parte de unas condiciones de vida cada vez más difíciles de sostener.

Porque no se trata únicamente de trabajar menos o de pagar menos alquiler. Se trata de recuperar el control sobre nuestras vidas. Y eso solo podremos conseguirlo mediante la organización y la lucha colectiva de la propia clase trabajadora, desde abajo y sin delegar nuestra fuerza en nadie.

¿POR QUÉ ES TAN NECESARIA LA REDUCCIÓN DE LA JORNADA EN LA LUCHA CONTRA EL CAPITAL?

La reducción de la jornada laboral tiene una particularidad que la diferencia de muchas otras reivindicaciones: no se trata únicamente de mejorar nuestras condiciones económicas, sino de arrebatarle al capital una parte del tiempo que actualmente controla.

Para las grandes empresas, una subida salarial puede ser asumible, e incluso pueden compensarla subiendo los precios o intensificando el trabajo. La reducción de jornada es distinta: no solo supone repartir mejor la riqueza que producimos, sino también recuperar parte del tiempo que el capital nos roba cada día.

Y ese tiempo es fundamental. Tener más tiempo para vivir, estar con los nuestros y organizarnos nos permite fortalecer nuestras luchas y enfrentarnos al capital en mejores condiciones. Cuanto menos tiempo estemos a su disposición, más tiempo tendremos para organizarnos y luchar por nuestros intereses.

Pero el capital no puede permitirse que tengamos tiempo realmente libre, sino que necesita que no paremos de trabajar y consumir. Aunque las nuevas tecnologías nos permitirían producir lo mismo en menos horas, esa mejora no se traduce en más tiempo para vivir, sino que se utiliza para seguir acumulando beneficios para unos pocos. Mientras tanto, la publicidad nos bombardea constantemente para convencernos de que necesitamos cosas que muchas veces ni siquiera nos habíamos planteado comprar. El sistema necesita que trabajemos para ganar dinero y que después lo gastemos en sus mercados, manteniéndonos atrapados en ese ciclo. Por eso, una subida salarial, aunque necesaria, no cuestiona por sí misma esta lógica: el sistema puede asumirla mientras sigamos trabajando y consumiendo. Reducir la jornada es diferente, porque significa tener más tiempo para nosotros, sin que todo lo que hagamos tenga que servir para producir dinero o consumir. Ahí está el problema para el capital: cuanto menos dependa nuestra vida del trabajo, del mercado y del consumo, más difícil será controlar nuestro tiempo y nuestras necesidades, y acumular beneficio privado a nuestra costa.

Por eso, conquistar una jornada de 30 horas semanales sin reducción salarial sería un primer paso importante. No resolvería por sí sola todos los problemas de la clase trabajadora, pero permitiría empezar a transformar nuestra relación con el trabajo y con el tiempo. También abriría la puerta a cuestionar qué producimos, cuánto producimos y para quién lo hacemos. En lugar de organizar la producción en función de la rentabilidad privada, podríamos avanzar hacia una economía orientada a satisfacer las necesidades sociales, reducir el despilfarro y repartir de manera más justa el trabajo necesario. Se trataría de empezar a arrebatar a los propietarios del capital la capacidad de decidir unilateralmente sobre una producción de la que depende toda la sociedad.

HACER DE LAS 30 HORAS UNA REIVINDICACIÓN DE CLASE

Antes de poder conquistar las 30 horas necesitamos conseguir que una parte cada vez mayor de la clase trabajadora las haga suyas. No basta con que unas pocas organizaciones las defiendan: necesitamos que la trabajadora que hoy teme que reducir la jornada ponga en peligro su empleo entienda que sus intereses no son los mismos que los de quien obtiene beneficios de su trabajo.

Por eso debemos ser capaces de responder a las dudas que aparecen entre nuestras propias compañeras.

«Si trabajamos menos, las empresas perderán dinero y acabaremos perdiendo nuestros trabajos»

Es comprensible que una trabajadora tenga miedo a que una reducción de jornada pueda acabar perjudicando su empleo. Pero debemos preguntarnos de dónde procede realmente ese miedo.

El trabajo no lo crean los empresarios. El trabajo existe porque existen necesidades que satisfacer y porque somos las trabajadoras quienes tenemos la capacidad de realizarlo. La empresa organiza y utiliza ese trabajo dentro de unas relaciones de propiedad determinadas para obtener un beneficio. Que una empresa tenga dificultades para mantener sus beneficios después de una reducción de jornada no significa que haya desaparecido el trabajo necesario para la sociedad.

Si faltan trabajadoras en la sanidad, en la educación, en los cuidados, en el transporte, en la construcción, en la agricultura o en tantos otros sectores, el problema no es que haya dejado de existir trabajo. Al contrario: hay enormes cantidades de trabajo necesario que todavía tenemos que realizar.

El problema es quién controla los medios para organizarlo y bajo qué condiciones se realiza.

Por eso no debemos aceptar que la única alternativa sea trabajar más para conservar el empleo. Podemos repartir el trabajo necesario entre más personas y reducir la jornada de todas.

«Las pequeñas empresas no podrán permitírselo»

Tampoco debemos aceptar que se utilice a las pequeñas empresas para defender los intereses del gran capital. Las dificultades de las pequeñas empresas no aparecen porque las trabajadoras quieran trabajar menos: forman parte de una estructura económica basada en la competencia, donde las empresas más grandes concentran capital, capacidad de inversión y cuota de mercado y parten de una posición privilegiada.

Son precisamente las grandes empresas y los propietarios del capital quienes más recurren al argumento de que las pequeñas empresas no podrán soportar una reducción de jornada. Sin embargo, son también quienes más se benefician de un modelo económico que concentra cada vez más capital y cuota de mercado en sus manos, dificultando la supervivencia de las pequeñas empresas. Pretenden responsabilizar a la reducción de jornada de unas dificultades que responden, en gran medida, a la propia competencia económica y a la posición dominante de las grandes empresas.

«Yo quiero trabajar más porque quiero ganar más»

También debemos respetar esta realidad. Hay trabajadoras que hacen horas extra porque necesitan el dinero. El problema no es que quieran ganar más, sino que necesiten vender más horas de su vida para poder vivir dignamente.

Nuestra reivindicación no consiste en impedir que una trabajadora quiera mejorar sus ingresos. Consiste en conseguir que un salario digno permita vivir sin tener que prolongar indefinidamente la jornada.

Queremos llegar a un punto en el que nadie tenga que elegir entre tener tiempo para vivir y llegar a fin de mes.

“Si trabajamos mucho algún día llegaremos a su nivel”

También tenemos que romper con una idea que mantiene a muchos trabajadores alejados de sus propios intereses: la ilusión de que algún día podremos ocupar el lugar de quienes viven de nuestro trabajo.

El problema no es que una trabajadora quiera vivir bien, tener una casa digna, viajar, disfrutar de su tiempo libre o acceder a determinados bienes. Todo eso es legítimo. El problema aparece cuando se nos convence de que nuestra aspiración debería ser trabajar y acumular lo suficiente para convertirnos algún día en parte de la clase que vive de la propiedad y del trabajo ajeno.

No necesitamos convertirnos en empresarios para mejorar nuestras vidas. Necesitamos que las condiciones de vida de toda la clase trabajadora mejoren.

No queremos que unas pocas puedan vivir extraordinariamente bien mientras millones tienen que calcular cada mes si podrán pagar el alquiler, la hipoteca, la comida o las facturas. Queremos una sociedad en la que trabajar permita vivir dignamente y en la que el progreso económico se traduzca en más bienestar para todas.

La pregunta que debemos trasladar a nuestra clase

No queremos convencer a las trabajadoras de que trabajen menos porque eso sea una idea bonita. Queremos que se hagan una pregunta muy sencilla:

Si durante las próximas décadas vamos a ser capaces de producir cada vez más con cada vez menos trabajo, ¿quién debería quedarse con ese progreso?

¿Debería convertirse todo en más producción, más consumo y más beneficios para unos pocos?

¿O podemos utilizarlo para trabajar menos, mantener nuestros salarios y recuperar una parte del tiempo que hoy tenemos que vender para poder vivir?

Nosotras elegimos lo segundo.

LAS 30 HORAS NO SE CONCEDEN, SE CONQUISTAN

Y para conseguirlo no necesitamos que las empresas nos hagan un favor. Necesitamos que las trabajadoras nos organicemos desde abajo para conquistar ese derecho.

Porque las ocho horas tampoco fueron un regalo. Las vacaciones, los descansos, los permisos, los convenios y cada  una de las mejoras que hoy consideramos normales tampoco aparecieron porque quienes tenían el poder decidieran espontáneamente repartir sus beneficios, fueron conquistas de la clase trabajadora.

Y las 30 horas también tendrán que serlo.

Cada conquista nos servirá para ganar fuerza, organizarnos mejor y estar en mejores condiciones para conquistar las  siguientes.

Por eso no podemos limitarnos a pedir.

Tenemos que organizarnos.

Tenemos que unirnos.

Tenemos que movilizarnos.

Tenemos que parar cuando sea necesario.

Y tenemos que conquistar nuestro tiempo.

Las libertades no se dan, se toman.

30 HORAS SEMANALES, SIN REDUCCIÓN DE SALARIO.

TRABAJAR MENOS.

TRABAJAR TODAS.

PRODUCIR LO NECESARIO.

REDISTRIBUIR TODO.»

Luis.